El análisis sociológico de la comunicación social en función de la psicología colectiva

 

Epígrafe

 

La realidad de los niveles culturales en la vida colectiva -los niveles simbólicos y significativos, las ideas, los valores y los ideales- desempeña un papel de primer plano que sobrepasa la consideración dogmática de los mismos como simples epifenómenos, proyecciones o productos, pero pone de relieve que La conciencia colectiva los aprehende, siendo por lo tanto una conciencia situada en el ser, intuitiva y capaz de multiplicarse en un mismo cuadro social.

  

Sumário

Epígrafe. 1

Presentación. 1

El enfoque realista de la comunicación social 1

La reciprocidad de perspectiva. 1

Los niveles en profundidad de la realidad social 1

La conciencia colectiva sobrepasa sus creencias 1

La conciencia colectiva y los planes interdependientes 1

La colectividad de aspiración. 1

El dilema del pensamiento de Durkheim.. 1

El descubrimiento de la subjetividad colectiva como criterio sociológico  1

 

 

Presentación

El enfoque realista de la comunicación social

 

Es equivocado proyectar la comunicación social en el exterior de la conciencia colectiva, y considerar las relaciones interpersonales fuera de un todo. La creencia psicologista de que la realidad es aquello que el individuo percibe como realidad es un equívoco subjetivista, que reduce el mundo al imaginario. Es cierto que los psiquismos individuales son los que comunican, pero eso supone su diferenciación así como su fusión. Si el psiquismo interpersonal es afirmado en sus manifestaciones en la comunicación, es cierto que ninguna comunicación puede tener lugar fuera del psiquismo colectivo.

El problema sociológico de la conciencia colectiva es, justamente, hacer posible comprender la propia posibilidad de comunicación universal entre los seres humanos, y exige una interpretación realista de la conciencia, como virtualmente abierta e inmanente al ser.

A partir de la constatación de que los símbolos para servir de base a la comunicación universal deben tener para todas las conciencias individuales el mismo significado, como en el caso de la lengua de un pueblo, el realismo sociológico pone de relieve que esto presupone una unión, una fusión parcial de las conciencias anterior a cualquier comunicación simbólica.

Noten que la imposibilidad en establecer una alternativa entre psicología individual y psicología colectiva salta a los ojos delante del problema de la comunicación. El análisis sociológico es el siguiente: considerando que en el psiquismo colectivo tiene lugar una fusión previa de las consciencias (asegurando la misma significación a los signos y a los símbolos, como, p. ex., a las palabras de una lengua), notase que el psiquismo interpersonal o intergrupal implica los dos otros, pues, se ese psiquismo interpersonal es afirmado en sus manifestaciones en la comunicación, ninguna comunicación puede tener lugar fuera del psiquismo colectivo. Al mismo tiempo, son los psiquismos individuales que comunican – lo que supone su diferenciación tanto cuanto su fusión.

Tal es el enfoque realista que debemos contraponer a la concepción que reduce la conciencia colectiva a una simple resultante de las conciencias individuales aisladas, tenidas como ligadas entre sí por sus manifestaciones exteriores en los signos y en los símbolos.

La fusión parcial de las conciencias contra el prejuicio dogmático

Adscriptos del reduccionismo, autores influyentes tratan la conciencia colectiva como resultado o sumatorio de conciencias individuales, sean las mismas ligadas en y por el lenguaje, como signo exterior del habla. Además, Hay quienes las vean siendo vinculadas en el derecho y por el derecho, como símbolo proyectando la creencia en la solidaridad, o las representaciones colectivas de esa creencia. Otros la ven como ligadas en virtud del tótem religioso de las sociedades arcaicas, como símbolo (bandera o emblema) de un clan arcaico, su signo exterior, etc.

Por contra, aunque sean críticos severos del sociologismo de Durkheim[i], los sociólogos criteriosos se preservan adscriptos a la enseñanza del maestro, para quien el método sociológico es orientado de manera indispensable para diferenciar la especificidad de la conciencia colectiva.

Es decir, los sociólogos que colocan las obras de civilización en perspectiva sociológica no se acomodan al prejuicio dogmático, profundamente arraigado en la psicología clásica, que hace reducir cualquier conciencia como necesariamente cerrada, introspectiva, volcada hacia sí misma, y ​​opuesta al mundo que aprehende.

El reduccionismo lleva a negar la aptitud de la conciencia, aunque virtual, para abrirse en relación a otro y al Nosotros y, más generalmente, en relación al ser en el que se encuentra integrada.

En vez de círculo cerrado, la conciencia es tensión dirigida hacia aquello que la sobrepasa y le resiste, como los niveles más o menos objetivados de realidad social que, en acto, ligan los contenidos en obras de civilización, acogidos en las experiencias colectivas de los valores y Ideales, todo el grupo social en su realidad social teniendo obras a realizar (a nivel del conocimiento, derecho, moralidad, religión, educación, arte).

 

La reciprocidad de perspectiva

De esta suerte, la conciencia colectiva como concepto sociológico preciso afirma un aspecto irreductible de la vida psíquica, que no tiene nada de trascendencia ni de metafísica.
La fusión parcial de las conciencias no se impone de elementos exteriores, pero se revela inmanente a las conciencias individuales, y estas inmanentes a la fusión. Tal es la base de la complementariedad, implicación mutua y reciprocidad de perspectivas entre la conciencia colectiva y las conciencias individuales.

 

Los niveles en profundidad de la realidad social

La insuficiencia de las orientaciones de Durkheim en cuanto al problema de la conciencia colectiva que él mismo introdujo en la sociología del siglo XX está en su falta de relativismo al ignorar que la importancia de los niveles en profundidad de la realidad social es variable según cada tipo de sociedad global cada tipo de agrupamiento social y según los diferentes Nosotros.

Es decir, la conciencia colectiva debe ser estudiada (a) no sólo en sus manifestaciones en la base morfológica de la sociedad, en las conductas organizadas y regulares, en los modelos, signos, actitudes, funciones sociales, símbolos, ideas, valores e ideales colectivos, obras de arte (B) principalmente en las estructuras y en los fenómenos no estructurales, pero (c) igualmente en sí misma, ya que la conciencia colectiva no se realiza enteramente en ninguno de esos elementos y subraya Gurvitch[ii], puede extravasarlos en expresiones imprevisibles, inesperadas Y hasta sorprendentes.

La conciencia colectiva sobrepasa sus creencias

De esta forma, contrariando las posiciones reduccionistas, Gurvitch sostiene que la psicología colectiva posee su dominio propio en la sociología, dominio no percibido con claridad por Durkheim, cuyas reflexiones y análisis no sobrepasaron la identificación de la conciencia colectiva con las creencias colectivas (conciencia colectiva cerrada).

La realidad de los niveles culturales en la vida colectiva -los niveles simbólicos y significativos, las ideas, los valores y los ideales- desempeña un papel de primer plano que sobrepasa la consideración dogmática de los mismos como simples epifenómenos, proyecciones o productos, pero pone de relieve que la conciencia colectiva los aprehende, siendo por lo tanto una conciencia situada en el ser, intuitiva y capaz de multiplicarse en un mismo cuadro social.

La conciencia colectiva y los planes interdependientes

El mundo de las obras de civilización interviene en la constitución de la realidad social y depende simultáneamente de todos los niveles en profundidad de la realidad social, como éstos dependen del mundo de las obras de civilización. Entre la conciencia colectiva y el nivel de las ideas, de los valores e ideales colectivos hay una serie de planes interdependientes a los que a menudo designan por “cultura”.

Es decir, para tener claridad, el problema de la autonomía de los planes interdependientes en la realidad social debe ser considerado desde el punto de vista de las teorías de conciencia abierta, en el caso, en referencia a la inmanencia recíproca de lo individual y del colectivo.

Este enfoque hace posible distinguir, por un lado, las proyecciones de la conciencia colectiva, sus estados mentales y sus actos y, por otro lado, las obras de civilización, como la colectividad de ciertas ideas y ciertos valores que aspiran a la validez.

El conjunto de los planes interdependientes funciona como un obstáculo, resiste a la conciencia colectiva, se afirma como un nivel específico de la realidad social, de tal suerte que es susceptible de presentarse a esta conciencia como su dato. Sin embargo, ese nivel complejo es capaz de convertirse en un producto unilateral de esa conciencia. Se trata de una aparente contradicción, y sólo designa que, en su autonomía, el mundo de los planos interdependientes, con sus valores que aspiran a la validez, sólo puede ser aprehendido por la conciencia colectiva.

A su vez, la aprehensión por vía de conciencia colectiva sólo es posible gracias al hecho de que esa conciencia es capaz de abrirse, superando sus creencias y asimilando las nuevas influencias del ambiente social, así como es capaz de multiplicarse en el mismo cuadro Social. En cualquier caso, la problemática durkheimiana de la fundamentación de la validez de los valores y de los ideales trae mayor precisión para algunas características de la realidad social. Trae, por ejemplo, la comprensión de que los ideales fundadores de la objetividad de los valores ideales son ellos mismos simultáneamente productores y productos de la realidad social.

La colectividad de aspiración

En consecuencia se logra el esclarecimiento de que es por la objetividad de los valores ideales que la realidad social se revela como penetrada por significaciones humanas. Es decir, los ideales en su eficacia motora son elementos constitutivos de la colectividad y emanan de ella – de ahí hablar de colectividad de aspiración para designar la aspiración a los valores como calidad de la conciencia colectiva.

La afirmación de los valores como objetivos está en que las cosas y las personas a las cuales tales valores se atribuyen a la condición de ser cosas y personas que están puestas en contacto con los ideales por efecto de la afectividad colectiva.

Continuando, Gurvitch pone de relieve los elementos propiamente sociológicos que están por debajo de la problemática durkheimiana de la fundamentación y justificación de los valores.

El dilema del pensamiento de Durkheim

Hay un dilema del pensamiento de Durkheim. Si los ideales fueran fundados en modo exclusivo en la colectividad de aspiración no pasarían de simples proyecciones de las creencias colectivas, de tal suerte que la objeción del propio Durkheim contra el simple llamamiento a un sujeto colectivo para explicar la objetividad de los valores sería aplicada a su propia objeción.
En consecuencia, para escapar al embargo se llega al otro lado del dilema. Es decir, Durkheim es llevado a atribuir al mundo espiritual de los valores la capacidad exorbitante de efectuar una intervención directa, y de ese modo colocarse como un dado sui generis ante la conciencia colectiva.

El descubrimiento de la subjetividad colectiva como criterio sociológico

 

Sin embargo, el análisis de Gurvitch señala que detrás de esa atribución de orden metafísico Durkheim comprende los ideales de manera descriptiva como obstáculos (aprehendidos) y, superando las simples proyecciones de las creencias colectivas, llega a reconocer el criterio sociológico de la resistencia de los ideales a la penetración por la subjetividad colectiva (colectividad de aspiración, incluidas las creencias colectivas), llevándolo a concebirlos exactamente como los focos de esas aspiraciones.

Es decir, a diferencia de los valores basados ​​en el criterio de la utilidad, como lo son los valores económicos, aquellos otros valores llamados valores culturales, considerados en el pensamiento de Durkheim como valores ideales o fundados en los ideales, pueden ser definidos conforme a la formulación de C.Bouglé, en términos de instrumentos de comunión y principios de incesante regeneración para la vida espiritual, pudiendo ser comparados a imanes que atraen y merecen atraer los esfuerzos humanos convergentes.

Finalmente, la orientación positiva de Durkheim a la sociología comprende entre otros aspectos lo siguiente: (a) que la objetividad de los valores propiamente culturales no se reduce a su mera colectividad (creencias colectivas); (B) que las principales obras de civilización como la religión, la moral, el derecho, el arte son sistemas de valores culturales; (C) que la validez objetiva de los valores culturales consiste en su referencia a los ideales.

En otras palabras, la afirmación de los valores como objetivos está en que las cosas y las personas a las cuales tales valores se atribuyen, atienden a la condición de ser cosas y personas que están puestas en contacto con los ideales, por efecto de la afectividad colectiva.
Tal es el efecto que califica propiamente la subjetividad colectiva como aspiración a los valores, notando el aspecto de imanes de la voluntad que los valores asumen en este contacto con los ideales.
Gurvitch subraya la definición de Durkheim poniendo de relieve que los ideales tomados por sí no son representaciones intelectuales abstractas, frías, pero los ideales son esencialmente motores.

En Durkheim la conciencia colectiva expresa el hecho social indiscutible de la interpenetración virtual o actual de las diversas conciencias colectivas o individuales, su fusión parcial verificada en una psicología colectiva.

Durkheim sacó un aprovechamiento original de su reflexión junto con la filosofía de Kant, llevándolo a introducir en diferencia de este último que la ignoró, la noción de lo deseable en el análisis de los valores.

En efecto, es la funcionalidad de los valores ideales, su característica de instrumentos de comunión y principios de incesante regeneración de la vida espiritual, afirmándose indiscutiblemente por medio de la afectividad colectiva que se refiere a la utilización del término deseable. Para Durkheim cualquier valor presupone la apreciación de un sujeto en relación con una sensibilidad indefinida: es lo deseable, cualquier deseo siendo un estado interior.

De esta manera, la característica de lo deseable es extensible a cualquier valor más allá de los valores ideales, y por esta vía los engloba igualmente en la noción de funcionalidad que acabamos de mencionar acerca de estos últimos (cualquier valor teniendo así alguna participación en los ideales).

La concepción positiva de Durkheim debe conducir al estudio empírico de la relación funcional entre los valores morales y los grupos sociales (un tema en relación con una sensibilidad sin definir), sobre todo si tenemos en cuenta que (1) Durkheim insiste en la variedad infinita y en la particularización de todos los valores sin excepción; (2) subraya el papel que desempeñan los valores en la constitución de la propia realidad social; (3) En fin, su concepción puede ser completada con la constatación de las fluctuaciones de los valores, los cuales se juntan y se interpenetran después de haberse diferenciados [[iii]].

Notas

[i] En la calidad precisa de oposición lógica a cualquier otra especie de ser, lo espiritual es concebido como el Bien Supremo, lo que evidencia el molde exclusivamente metamoral, clásico o tradicional del sociologismo durkheimiano. De ahí la semejanza de esa orientación errática con las metamorales tradicionales de Platón, Aristóteles, Spinoza, Hegel, donde un mundo espiritual supratemporal y absoluto se realiza en el mundo temporal.

[ii] Gurvitch, Georges (1894-1965): “A Vocação Actual da Sociologia – vol. I e vol. II, tradução Orlando Daniel, Lisboa, Cosmos, 1979 e 1986, 587 pp. e 567 pp. (1ªedição em Francês: Paris, PUF, 1950). Las exposiciones sobre Durkheim presentadas en el presente ensayo se informa con referencia a los análisis de Gurvitch.

[iii] Constatación que Gurvitch pone al crédito de C. Bouglé, con su concepto de conjunción de los valores.

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